En un año nos hemos embutido enteros Los Soprano y El ala oeste de la Casa Blanca, que dicen que son las mejores series dramáticas de la década. Cuando se acaban, te quedas como cuando lees un libro cojonudo y por un lado te lo quieres acabar para ver el final, pero por otro te da pena dejar de compartir tu tiempo con los personajes. El final de los Soprano no me dejó tan baldada porque me enfadé mucho con Tony Soprano por una cosa que hace a mitad de la última temporada, y me costó menos despedirme; menos mal, por otro lado, aunque estuvimos teniendo largos debates sobre el polémico final de la serie.
Con El ala oeste me ha pasado lo que no me ocurrió con los mafiosetes, que de repente se nos ha quedado un vacío a la hora de comer y cenar que no sabíamos cómo llenar; además, uno de los actores muere en la última temporada, para añadir dramatismo al asunto. La verdad, con esta serie se me han ocurrido fumadas del tipo a ver si dicen en las noticias lo que ha pasado con el presidente Bartlett. Soy como los niños y los medicamentos, no deben dejarme las series a mi alcance o pierdo el norte con facilidad.
Afortunadamente, ha aparecido Mad men. Ya llevaba un rato, pero acabamos de ver las dos primeras temporadas enteras (qué malditos, cada temporada dura sólo 13 episodios, sabe a poco). En principio, la serie habla de unos publicistas de la avenida Madison de Nueva York; el título tiene su calambur: por un lado, son los hombres de Madison; por otro lado, son hombres enfadados, en parte porque las mujeres empiezan a entrar en áreas laborales en las que antes sólo reinaban ellos; también son hombres locos, que así se conocía a los publicistas entonces. Nos sitúan en una agencia de publicistas, Sterling Cooper, donde trabaja una serie de personajes que tienen vida más allá del trabajo, como es normal. El retrato sociológico está bordado, pero va más allá: no sólo muestra los roles de hombres y mujeres: la ilulminación hace que parezca una serie de los 60, y cosas tan inadvertidas como la tasa de habla (la rapidez con la que hablan, vamos) está controlada (seguramente han tenido que ver pelis de los 60 para poder imitarlos; muchas veces el defecto de las series revival es que no hablan como en el tiempo que pretenden recrear, como pasa en Amar en tiempos revueltos, que tiene una prosodia más afín a nuestros días que la que se ve en las pelis añejas de Cine de barrio, que me imagino reproducen mejor el hablar de la época).
Aparte de los personajes periféricos, los dos personajes centrales son Don Draper, un personaje fascinante desde el punto de vista narrativo y un poco menos desde el ético. La pregunta que subyace durante toda la serie que llevamos vista es ¿quién es Don Draper? También nos cuentan sus cuitas familiares y los problemas que tiene su mujer, un ama de casa que no tiene que hacer otra cosa más que aburrirse todo el santo día. El otro personaje descollante es la secretaria que va ascendiendo en el escalafón productivo de Sterling Cooper, Peggy Olson.
Además de reflejar la situación de hombres y mujeres en los sesenta (acoso sexual a saco, es muy chocante), también te cuenta los manejos de una empresa, las puñaladas traperas que se viven en el entorno empresarial, seas un mindundi o tengas un puestazo.
Así, con un estilo contenido, Mad men es una serie sin fisuras, aparentemente sosegada y taimada, pero que tiene mucha trastienda. De no perdérsela.