La verdad, este verano he batido mi propio récord de imprevisión doméstica: papeos de morondanga cada día por no hacer la comida cada tarde. Siempre me hacía la promesa de la semana que viene, el mes que viene planifico mejor, pero tururú, tanto a la hora de pensar menúes (o qué comemos mañana) como de ejecutarlos.
A esto unamos la total ineficacia académica (de tres asignaturas, sólo he aprobado dos parciales; yo que pensaba arrasar, no contaba ni con el paso del tiempo ni con el peso de otras obligaciones que se van adquiriendo en la vida); la semana que viene me examino de los 4 parciales, los 2 de fonética, el de teoría (ni me presenté al parcial: pensé para qué dar trabajo en vano al pobre corrector) y el de lingüística, que fue un desastre, saqué exactamente la mitad de la nota que esperaba, mi gozo en un pozo.
En el curro la cosa ha sido bastante abundante hasta que se hizo manifiesto que cerraban la campaña y nos íbamos todos a paseo, por lo que tengo la sensación de que he hecho el memo, si lo hubiera sabido, etc.
Mis días ahora pasan de madrugón en madrugón; llevando, cuando más, tarteras inanes al trabajo y lecturas de temario para reforzar alguna idea que tenga en el aire y pasando, las tardes que no me sobo en el sofá por agotamiento, las horas encerrada en los temarios pensando todo lo que me falta por estudiar y si lo haré bien o me tocará pagar recargo de matrícula.
No cabe duda, ha sido un verano ameno, no demasiado caluroso -salvo diez días horrorosos- que acabará el jueves próximo cuando salga temblorosa del examen de lingüística y me arroje a los brazos de mis Sims, que justo antes de los exámenes sacan extensión, la última…
