La Gran Vía y el Metro de Madrid

Esto de viajar a Madrid con el turbo puesto y la agenda más programada que el presidente del gobierno depara no pocas sorpresas cuando decides salirte del programa para comprar regalos de Navidad. Hoy, sin ir más lejos.

Para los que vivís en El Foro, vaya cosa, a buenas horas me entero. Pero en la Ciudad Condal y en San Cucufato estoy a lo que estoy: Recoder por aquí, Hereu por allá, y, para el caso, tampoco me pispo mucho.

Lo que más me ha dolido, son los cines que han desaparecido. No los que se han convertido en teatros, que, en cierto modo, siguen siendo vehículo de cultura: pero el Azul (que aparece en Asignatura pendiente de Garci, por ejemplo) ahora es un Friday’s, y el Imperial, donde veía las de Walt Disney en sesión continua cuando era pequeña, ahora es un Sfera. Y el sepu, cuyas bolsas blancas, verdes y azules me encantaban, ahora es un H&M. No sé, es como si los últimos resquicios de mi infancia los hubieran sacado con un cortaúñas mohoso, no sé cómo lo veréis vosotros.

La otra, es el metro. Es como jugar al escondite inglés: te das la vuelta, y aparecen 5 paradas: Elipa, Villaverde, 12 de octubre… Y entonces lo que me decepciona es que en las estaciones de metro de Barcelona las luces no brillen tanto como en el metro de Madrid, que todo es tan blanco, que te podrían operar de apendicitis mientras pasa el tren.

La conclusión: me sigo sabiendo dónde están las calles, pero ahora paso por ellas con la sensación de que soy Heráclito, la ciudad ya no es la misma que yo dejé… ¿o soy yo la que ha cambiado?

Fin del periplo balear

Esta mañana a las 10 ya estábamos de vuelta en Barna después de tres días en Mallorca y dos en Menorca. La verdad, me he quedado tan satisfecha como el turista 1999999 al visitar las islas, aunque fuera diciembre.

Llegamos a Mallorca el lunes por la tarde. Nos perdimos un poco buscando el hotel, hasta que nos apercibimos que no se podía pasar con el coche. Un acierto, aunque no tuviera ascensor: era un palacete antiguo en pleno centro. Dedicamos el martes a visitar las cuevas del Drach, con concierto incluido y, a la vuelta, patearnos Palma por todas las partes posibles. Encontramos una librería preciosa, donde alternaría de vivir allí, llamada literanta, que ilustra perfectamente el tipo de librería que el Barbas y yo pondríamos si tuviéramos el parné y el espíritu emprendedor.

El miércoles nos fuimos a la sierra de la Tramontana y visitamos Valldemossa, donde vivieron George Sand y sus dos hijos y el compositor Fréderic Chopin, que tenía tuberculosis, y con el sano aire de la sierra sólo consiguió estropeársela más. Llama la atención la coba que le dan al tema de Sand y Chopin, si cuando aquélla sacó el libro El invierno en Mallorca, un muermo total de libro, puso a los isleños a caer de un burro, pero supongo que es para compensar la mala imagen que se dio de ellos… También visitamos Sóller y su puerto, donde el desarrollismo ha dejado su garra en forma de algún que otro hotel horripilante, y Deià, donde vivía Robert Graves, después de forrarse con Yo, Claudio (que recomiendo encarecidamente si alguien aún no lo ha leído). La verdad, estos ingleses bohemios flipaban con el Mediterráneo: no cuesta nada imaginarse a los Durrell aquí en lugar de Corfú: buen clima y bonitos paisajes.

Esa noche dormimos en Pollença, que me supuso cierto shock, porque yo había visto fotos de mi abuelo cuando iba allí, y en el pueblo de marras no había mar, sino que estaba en una de las últimas estribaciones de la montaña. Pero en Mallorca hay Sóller y Port de Sóller, Pollença y Port de Pollença, Alcudia… etc. Casitas montañesas y una rasca de importancia, pero un pueblo bonito y medio invadido por las hordas nórdicas, por cuya culpa se había disparado el precio del suelo. Por la mañana fuimos a Alcudia y alrededores y, por la tarde, al aeropuerto, para volver a Barna, dando por concluida la primera parte del viaje.

Yo había soñado con ir de Mallorca a Menorca en barco, pero las navieras me disuadieron amablemente, pues era una clavada. Salió más barato pasar por Barcelona a dormir una noche que hacerlo todo del tirón, por lo que el viernes, tras un madrugón antológico, volvimos a despegar, esta vez rumbo a Menorca.

Mallorca tiene un clima, una vegetación y un desarrollo hotelero más mediterráneos que Menorca, más recoleta y, para mi gusto, con más encanto para tirarse unas vacaciones de total holganza y buena vida. Mahón, la capital por obra y gracia de los ingleses (antes era Ciutadella, en la otra punta de la isla), es una ciudad de 20000 habitante recoleta. Tuvo el primer teatro de ópera de España (de hecho, el viernes representaban L’elisir d’amore, de Donizetti) y es una ciudad cuca, aunque tiene detalles muy ingleses, como las ventanas de guillotina o algunas puertas principales. Me recordaba vagamente a Nauplio, una ciudad griega que tuvo el honor de ser la primera capital griega cuando empezaron a revolverse contra los turcos. Sin embargo, a pesar de ese intento de los ingleses por civilizarla y de sus paisajes que casi recuerdan a Irlanda, no puede negar que es mediterránea.

Ciutadella tiene sus edificios antiguos y también tiene su puerto, por donde entraron los otomanos en el XVI y arramblaron con todo lo que pudieron. La verdad, es una ciudad muy paseable, aunque con un clima más clemente estaría mejor. Creo que la próxima vez iremos en primavera o a comienzos de otoño, porque nos ha encantado…

Los Beatles en los anuncios

Debo confesar que me repatea las entrañas que usen canciones de los Beatles en anuncios. Entre otras cosas, porque suelen ser versiones, bastante logradas casi siempre, pero no clavadas. Supongo que son versiones porque pagar por usar la original hace que la campaña publicitaria no compense por los gastos: es más fácil pagar a Michael Jackson por la canción que no a Yoko (argh), Paul, la viuda Harrison y Ringo por pagar los derechos de reproducción.

Lo peor de ser una pureta en asuntos beatlémanos es que veo los defectos flagrantes de las versiones: hay un anuncio de una eléctrica que anuncia energía limpia, para lo que usa Mother’s Nature Son (hijo de la madre naturaleza), del nunca bien ponderado disco blanco. Lo primero que le pregunté al Barbas es

- ¿Esta canción es de John?- Que ponga Lennon-McCartney sólo indica a quién pertenecían antes de que se las comprara Michael Jackson: en realidad, se nota (con cierto entrenamiento) cuáles son de John y cuáles de Paul.

- No, que yo sepa, es de Paul-. El chu chu chú que tararea al final corrobora la respuesta del Barbas.

- ¿Entonces por qué la canta al estilo de John?

A eso me refiero con que soy pureta beatlémana. Ya que prostituyen su obra con fines comerciales más allá de los que concibieron los propios 4 Fab, ¡que tengan cuidado con la obra! A mí me predisponen en contra de tales productos y servicios.

Después de soltar veneno, otro día hablaré de los chillout de Mozart (como si no se bastara él solito para tranquilizar a las masas) o Beethoven (relajar el frenesí, cómo se hace eso).

Donación y manutención

Poneos en situación: un amable bombero británico dona su simiente para que unas conocidas suyas, lesbianas y pareja, puedan tener hijos. Estupendo desde cualquier ángulo, ¿verdad?

No lo será tanto cuando las lesbianas de marras se separen y la madre biológica pida la pensión alimenticia… ¡al donante!

Las autoridades la apoyan a ella, en parte, supongo, porque el hombre se involucró en la educación de los niños.

La situación impide que el bombero forme una familia con su esposa, que tiene que estar calentita con el embolao.

Parece ser que le toca pagar la china a él, porque la otra mujer no los había adoptado, por lo que legalmente eran hijos suyos… (como para donar cualquier cosa, vamos).

Para el caso, yo del bombero, puestos a ponernos chulos y reivindicar su parte en la juerga, pediría la custodia de los niños. Porque siempre hay quien se apunta a las normativas para obtener ventajas, pero a la hora de apechugar, les cuelgan el muerto al prójimo…

Ananías, imprescindible en La Guía del Michelín

Las dos últimas veces que he estado en Madrid hemos comido en este templo de la gastronomía. Cocina casera de toda la vida, y con raciones pantagruélicas, están especializados en verduras. No apto para quienes odien las decoraciones filotaurinas. En fines de semana hay que reservar. Sale bastante bien de precio.

Ananías
Galileo 9
Telf: 91 448 68 01