Esta mañana a las 10 ya estábamos de vuelta en Barna después de tres días en Mallorca y dos en Menorca. La verdad, me he quedado tan satisfecha como el turista 1999999 al visitar las islas, aunque fuera diciembre.
Llegamos a Mallorca el lunes por la tarde. Nos perdimos un poco buscando el hotel, hasta que nos apercibimos que no se podía pasar con el coche. Un acierto, aunque no tuviera ascensor: era un palacete antiguo en pleno centro. Dedicamos el martes a visitar las cuevas del Drach, con concierto incluido y, a la vuelta, patearnos Palma por todas las partes posibles. Encontramos una librería preciosa, donde alternaría de vivir allí, llamada literanta, que ilustra perfectamente el tipo de librería que el Barbas y yo pondríamos si tuviéramos el parné y el espíritu emprendedor.
El miércoles nos fuimos a la sierra de la Tramontana y visitamos Valldemossa, donde vivieron George Sand y sus dos hijos y el compositor Fréderic Chopin, que tenía tuberculosis, y con el sano aire de la sierra sólo consiguió estropeársela más. Llama la atención la coba que le dan al tema de Sand y Chopin, si cuando aquélla sacó el libro El invierno en Mallorca, un muermo total de libro, puso a los isleños a caer de un burro, pero supongo que es para compensar la mala imagen que se dio de ellos… También visitamos Sóller y su puerto, donde el desarrollismo ha dejado su garra en forma de algún que otro hotel horripilante, y Deià, donde vivía Robert Graves, después de forrarse con Yo, Claudio (que recomiendo encarecidamente si alguien aún no lo ha leído). La verdad, estos ingleses bohemios flipaban con el Mediterráneo: no cuesta nada imaginarse a los Durrell aquí en lugar de Corfú: buen clima y bonitos paisajes.
Esa noche dormimos en Pollença, que me supuso cierto shock, porque yo había visto fotos de mi abuelo cuando iba allí, y en el pueblo de marras no había mar, sino que estaba en una de las últimas estribaciones de la montaña. Pero en Mallorca hay Sóller y Port de Sóller, Pollença y Port de Pollença, Alcudia… etc. Casitas montañesas y una rasca de importancia, pero un pueblo bonito y medio invadido por las hordas nórdicas, por cuya culpa se había disparado el precio del suelo. Por la mañana fuimos a Alcudia y alrededores y, por la tarde, al aeropuerto, para volver a Barna, dando por concluida la primera parte del viaje.
Yo había soñado con ir de Mallorca a Menorca en barco, pero las navieras me disuadieron amablemente, pues era una clavada. Salió más barato pasar por Barcelona a dormir una noche que hacerlo todo del tirón, por lo que el viernes, tras un madrugón antológico, volvimos a despegar, esta vez rumbo a Menorca.
Mallorca tiene un clima, una vegetación y un desarrollo hotelero más mediterráneos que Menorca, más recoleta y, para mi gusto, con más encanto para tirarse unas vacaciones de total holganza y buena vida. Mahón, la capital por obra y gracia de los ingleses (antes era Ciutadella, en la otra punta de la isla), es una ciudad de 20000 habitante recoleta. Tuvo el primer teatro de ópera de España (de hecho, el viernes representaban L’elisir d’amore, de Donizetti) y es una ciudad cuca, aunque tiene detalles muy ingleses, como las ventanas de guillotina o algunas puertas principales. Me recordaba vagamente a Nauplio, una ciudad griega que tuvo el honor de ser la primera capital griega cuando empezaron a revolverse contra los turcos. Sin embargo, a pesar de ese intento de los ingleses por civilizarla y de sus paisajes que casi recuerdan a Irlanda, no puede negar que es mediterránea.
Ciutadella tiene sus edificios antiguos y también tiene su puerto, por donde entraron los otomanos en el XVI y arramblaron con todo lo que pudieron. La verdad, es una ciudad muy paseable, aunque con un clima más clemente estaría mejor. Creo que la próxima vez iremos en primavera o a comienzos de otoño, porque nos ha encantado…