PADRE

Y muy señor mío. Me extrañaba a mí que Pedro Solbes no hubiera aflojado la mosca, cuando a gente que conozco les habían devuelto ya cantidades cientos de veces mayores (y no exagero) que la que me sale a mí. ¿Qué pasa, qué pasa que no me devuelve mi lana?

Ayer por fin se me ocurrió la idea de revisar mi ciberdeclaración, que no era más que validar la que me había mandado la agencia tributaria. Menuda movida. Que si el dni, que si el dato que viene en la carta.

¿Y dónde está la maldita carta? Los que me conocéis, tendréis una especie de déja vu, habréis dicho ésta es la Su que conozco, no hay nadie que la suplante el nick; el Barbas la había dejado encima de la impresora, y, tal como me dijo, allí estaba.

Abrimos.

Metemos los datos.

Declaración grabada, no validada.

¡No validada!

Menos mal que se me ha ocurrido mirarlo el penúltimo día. A ver cuánto tarda ahora Pedro Solbes en aflojar, que el 21 me voy de vacaciones, y cuarenta y cuatro euros con uno no vienen mal…

Por qué esquirol

Hay cerca de Vic un pueblo llamado L’Esquirol que, como especifico en el pie de foto, significa ardilla en catalán. Parece ser que, en el siglo XIX, en Manlleu los trabajadores se declararon en huelga y, para no perder producción, el empleador se buscó currantes de fuera, concretamente de L’esquirol. Huelga (nunca mejor dicho) decir que no gustó mucho la actitud de los habitantes del pueblo vecino, hasta el punto de que el castellano ha adoptado el término.

Esquirol es la palabra catalana para decir ardilla; viene del latín sciurus vulgaris.

Mi bienamada rae lo recoge, menos mal que el colectivo de ardillas no tiene voz para quejarse, porque se acepta también como vocablo despectivo.

Certificado académico

Ayer recibí el certificado de notas para poder terminar la preinscripción aquélla; también me dicen el número de créditos en una tablita aparte, por si me puedo sacar alguna de libre configuración, o qué.La verdad, recordaba el citado certificado mucho más espeluznante, no me acordaba de algunos notables, que, para el caso, salvo el de psicología general -que me saqué en la convocatoria de febrero-, no son muy esenciales que digamos.

En efecto, una tiende a ser autoindulgente, pero a estas alturas también ve ese rosario de despropósitos que son mis notas con ojos de madre. No hay como el tiempo para empatizar con tus mayores.

En fin, dice el Barbas que esta vez no me va a dejar remolonear. Pero una se conoce y se hace preguntas: ¿Y yo? ¿Me permitiré el lujo de vaguear? Cierto que en el master que hice en la UNED sobre animación sociocultural saqué un notable -y que sé lo que trabajé por conseguirlo, conste-; la cuestión es la que últimamente me hago cuando intento hacer algo nuevo: ¿podré, manteniendo un nivel de autoexigencia adecuado?

Viniendo a currar un martes

Por supuesto, la aventura de venir a currar se da todos los días de lunes a jueves, pero los martes tienen el añadido de la somnolencia acusada.

Primero está el aliciente de la caza en el ferrocarril. Mi amiga Miss Piggott, con su humor socarrón, dice que parece que juego a las sillas en mi afán de pillar asiento, pero es que, con el sueño que tengo, si puedo me echo una cabezadita hasta el final de línea, y de pie no es plan.

Una vez en plaza Cataluña, subo a la superficie arrastrándome por el sopor y llego al autobús -aunque alguno se me va en la jeta- y me agarro fuerte al sentarme -aquí no juego a las sillas, ya que es cabecera de línea-, porque siempre es una aventura viajar en bus urbano: se suben a los bordillos, aceleran, frenan en seco… toda la diversión del Dragon Kahn en su ciudad por poco más de un euro (o con bonobuses, paga usted menos).

Cuando llego a destino, me enfrento a los preciosos paisajes urbanos de la zona franca, zona de polígonos industriales y ajena a todo canon de belleza estipulado hasta la fecha. Camino hasta el edificio donde curro para acometer el abordaje del último modo de transporte que uso cada día: el ascensor.

Me encantan las aglomeraciones que se forman ante la puerta. La verdad, desde que me quedé encerrada en diciembre, procuro no subirme al montacargas, porque si llego tarde me descuentan los minutitos. Me pongo cerca de la puerta, le doy al botón; siempre hay alguna que cree que estás ahí en plan pasmarote, y extiende su cuerpo desde el pupitre del conserje -que está a unos diez metros- hasta el botón del ascensor, le da y se repliega sobre sí misma a la espera de que baje el ascensor. ¿Qué se cree, que yo no le he dado -aunque no ponga en marcha el gadgeto-brazo-?

En fin, ya estoy en la cuarta planta, me logo y me preparo a escuchar a cienes y cienes de clientes que no es que se sepan el modelo, es que no saben ni el código postal en que viven… Me digo: ¡ánimo, Su, que sólo son diez horas! (Más la de comida).

Tras las once horas, todo el camino inverso, y ¡tachán! Ya estoy otra vez en casa, con el Barbas…

DRAE

Parece que hay una serie de colectivos en pie de guerra porque mi bienamado Diccionario de la Real Academia Española recoge palabras que tienen acepciones despectivas.

Dice de los gallegos:

En Costa Rica, tonto, falto de entendimiento o razón; en El Salvador, tartamudo; también dice que es lengua de los gallegos, notando el BNG un agravio comparativo con el catalán, del que dice más filológicamente hablando (sus orígenes, dónde se habla, etc).

Protestan los judíos:

Porque judiada significa acción mala, que tendenciosamente se consideraba propia de judíos.. En cuanto a sinagoga, la RAE añade un “peyorativamente” antes de explicar reunión para fines que se consideran ilícitos.

Se quejan los gitanos:

En su cuarta acepción (después de indicar su etimología y explicar su origen), dice que coloquialmente un gitano es quien estafa u obra con engaño.

Los vizcaínos lo llevan más a gala:

Escribir a la vizcaína es escribir al modo que hablan o escriben el español los vizcaínos, cuando faltan a las reglas gramaticales. Dado que en algunos casos el castellano es su segunda lengua, parece que no se rasgan tanto las vestiduras…

También hablan los homosexuales:

El vocablo marica tiene dos acepciones polémicas, la tercera (hombre afeminado y de poco ánimo y esfuerzo) y la quinta (insulto con los significados de hombre afeminado u homosexual o sin ellos) que podrían levantar ampollas, pero este colectivo se ha fijado sólo en la tercera.

Y, last but not least, las feministas:

Demuestran que el diccionario es sexista por las siguientes definiciones:

  • Huérfano: Dicho de una persona de menor edad: A quien se le han muerto el padre y la madre o uno de los dos, especialmente el padre.
    Ésta se puede considerar un tanto objetable. Pero con quitar del especialmente en adelante, punto y raya. No hay que mesarse los cabellos.
  • Jueza: Segunda acepción, y coloquialmente mujer del juez.
    De la misma manera que la coronela era la mujer del coronel. No es nada nuevo, pues.
  • Ajamonarse: Dicho de una persona, especialmente de una mujer: engordar cuando ha pasado de la juventud.
    ¿Qué les molesta de que se diga las mujeres? ¿Lo de la gordura, lo de la juventud, o que el jamón se saque del cerdo?

En fin, yo estoy con el académico que responde: el diccionario, aunque le espeten como arma arrojadiza su lema (limpia, fija y da esplendor), sólo puede ser descriptivo. Así, la palabra capullo, por mucho que pueda indignar al gremio de floristeros y jardineros, puede hacer mención a la bisoñez de una persona o al prepucio de un varón, ya que con tales significados se usa. ¿Que no es correcto? Es posible, pero dado que es la sociedad quien los usa y la Academia quien los consigna, deberíamos considerar a quién le echamos la culpa de la definición y de la incorrección política.

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